sábado, 17 de enero de 2015

Sábado, 17 de enero

…las avenidas, un sábado por la tarde; el azul de las noches de invierno; las amigas que se abrazan al encontrarse en una esquina; los adolescentes, y sus ojos idos; las adolescentes, y sus risas, que estremecen las puntas de los árboles helados; las golfas en busca de una noche con dinero; las flaquísimas señoritas provinciales; los matrimonios mayores, tomados del brazo, y sus murmullos acogidos por el viento; las manos morenas, y resecas, de L*, sirviendo los pasteles de chocolate, y que recuerdan a los que escarban en las piedras para ganarse el sustento...

domingo, 11 de enero de 2015

Domingo, 11 de enero

La Laguna, como un rayo que nunca cicatriza sobre tu espina dorsal. La Laguna, como la cristalera que se rompe en tus costados y te obliga a levantar los ojos hacia otra parte. La Laguna, como sangre seca o marca en la frente. La Laguna, los ojos hechos añicos y la voz astillas. La Laguna, mi cuerpo que vuelve al fondo y emerge con líquenes antiquísimos, restos oxidados, miembros partidos. La Laguna: lolita viejísima que me calcina. La Laguna, el viento que se retuerce y huye al mar para volver con olas oscuras y aristas de basalto.


martes, 6 de enero de 2015

Martes, 6 de enero



Por la mañana, horas al sol, junto a las olas que reventaban sobre los charcos.
Por la tarde subimos a recoger las últimas cajas con libros y papeles. J. L. me animaba, aprovechando que aún había luz, a que siguiera buscando entre las trizas del garaje. Punto final, me había dicho. Punto final a una historia que empezó cuando tenía trece años, el último año en que viví en la casa natal del Adelantado. Desde entonces, y en la medida de mis posibilidades, he hecho lo que he podido para salvar la biblioteca que fue de mi abuela Juana Perera y García y de su marido José Alayón Medina.
Ahora los libros reposan en la galería, frente al océano y el volcán. Los oréo, los seco, les presto los primeros auxilios. Algunos se vendrán conmigo cuando regrese a Barcelona; el resto quedará, en embalajes nuevos, en un sitio tranquilo y al resguardo aquí en La Punta.
Cuando ayer por la tarde mi mano alcanzaba los volúmenes más próximos a la pared -de lo que había sido la sala con chimenea en el refugio de mi padre-, se deshacían a trozos. También a cadáver era el hedor que desprendía el papel podrido, lleno del agua de las tormentas del pasado otoño.
He logrado salvar lo que he podido, esta última vez, un volumen con ochenta y un poema de Victorina Bridoux y Mazzini y la Fortunata y Jacinta de Galdós de 1847. También libros de historia natural y de geografía universal. Lo inesperado ha sido encontrarme con pliegos, de diversos siglos, con genealogías que debo comenzar a estudiar. He visto, así por encima, que algunos se remontan a adelantados en la conquista de Gran Canaria y el sur de Tenerife. También aparecen noticias del marqués de Villanueva del Prado.
Soy un resto aferrado al borde. Hubo un esplendor, una casa, una biblioteca, unos linajes de los que apenas queda algo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Lunes, 29 de diciembre

Fuimos a recoger los restos. Empezaba a anochecer. Tendremos que volver para llevarnos lo que queda. La biblioteca familiar. La he tenido -sus restos- en el pasillo entregada al viento. Nada más que decir, por hoy.
Como esta mañana de camino a Santa Cruz: no había curva que no me asomara al dolor. Al regreso, con la misma taxista, el coche se precipitaba por las pendientes, tomando atajos, para llegar antes de que cerraran la farmacia de La Punta. Empezaban a bajar las puertas cuando entré.
Todo llega. Siguen los días maravillosos.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Lunes, 22 de diciembre

La ola caligráfica / JCC
Ni rastro del Volcán, esta mañana al sol. Por la calima, me dice uno. Por la maresía, me dice otra. Toda la vida diciendo calina y ahora va a resultar que no he hecho otra cosa que arrastrar un error de oído —una errata— nada brumoso.

Lo de la maresía me ha gustado porque me obligó a recordar una observación del siempre admirable traductor de Pessoa, Perfecto G. Cuadrado, en El libro del desasosiego. Resulta que no encontrando un término equivalente en castellano, mantenía la maresía portuguesa, sin saber que en nuestro español de Canarias existe, por lusitanismo de sangre y letra, la maresía. Aunque este rocío atlántico que sueltan las olas, y asciende por la luz en suspenso de los barrancos, nada tenga que ver conque el Volcán esta mañana, y parte ya de la tarde, haya permanecido en silencio de visión. "Tiempo sur", que decimos por aquí, que se adivinaba por las manchas azulmarinas en el agua al amanecer, y lo guardaba con su sequedad de nuestros ojos.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Sábado, 20 de diciembre

"¡Las estrellas, D-s, las estrellas…!" ¿Se podrá escribir eso? ¿Se podrá escribir el pequeño estremecimiento al descubrir a Venus velando la amplia ladera rojiza del Teide?
Porque no voy a referirme a los poemas que empiezan (aquí, precisamente aquí). Ni a la lectura del ambicioso proyecto de Jorge Rodríguez Padrón, que empieza con En la patria perdida, inteligente y creativa indagación -como es habitual en su escritura desde hace tanto, y a la sombra...- sobre la anomalía cultural española, observada a la luz del romanticismo alemán, en diálogo con Cernuda, continuando la inquietud de Bergamín...
Por lo demás, esta mañana, dos chapuzones entre las olas, y los cangrejos gigantes, y los pájaros, que liban el musgo de las rocas y luego vuelan a través de las espumas.


El volcán en habla con el ocaso / JCC

sábado, 13 de diciembre de 2014

Sábado, 13 de diciembre

Una cosa es la elegancia de no hacer aprecio a la bobería y otra muy distinta pasar por alto las maneras mafiosas.
Los últimos meses han venido colmados de estas maniobras arteras: otro editor de Madrid le responde a un intermediario que ni le mencione mi nombre. Subrayo "otro" porque ya tenía constancia del veto a mi obra que el catedrático Sánchez Robaina ha impuesto a editoriales madrileñas y barcelonesas. Como también sé de su orden de silencio a críticos, publicaciones, ciclos de poesía, suplementos de cultura...
¿Y todo por qué?, se preguntará el presunto lector de estas líneas. Porque el retrato del catedrático en mis diarios Los que cruzan el mar no es en modo alguno halagador.
Con su proverbial valentía ya arremetió contra ellos en Letras Libres sin citar ni mi nombre ni el título de la obra, aunque no hacía falta ser un lince para comprobar que se trataba de mi libro. Debió de saberle a poco el berrinche, porque envío a uno de sus estómagos agradecidos para que tratara de destrozar el libro en un suplemento de Barcelona. Y como hiciese esa lumbrera de la universidad española en Letras Libres, tampoco el estómago agradecido esgrimió argumentos literarios, sino personales, como el hecho trascendental de que yo tenía pocos amigos o que mi saludad era quebradiza.
Debió de antojársele insuficiente la vendetta al catedrático: los responsables de Campo abierto, antología del poema en prosa en la literatura española, fueron reprendido por haberme incluido.
Desde entonces, el catedrático ha colocado puertas nuevas, más infranqueables, no sea que por despiste alguien de los suyos me tenga en cuenta.
Como está en todas partes este especimen de profesor-poeta, lírico radical, puro y riguroso, y como quiera que cuenta con una parroquia numerosa, he tenido que enterarme uno de estos días que su secretario y copista le espetó a un poeta amigo: "Ten cuidado con Cataño".
Es tan peligroso este Cataño..., y le parecen tan insuficientes aún sus maneras mafiosas, que también hace unos día supe de las fuertes presiones que ha recibido un museo de arte para que no se lleve a cabo una exposición de mis fotocollages. Pero aquí, como en la antología Campo abierto, la bala se le ha quedado encasquetada a esta prenda de sujeto: la exposición se llevará a cabo.
Si lo que expongo -no sin cierta desgana, sin escribir todos los nombres propios, casi a mi pesar porque me debo a tareas más importantes-, si esto que expongo, digo, sucediera en la corrupta política española actual, ya se habrían encendido todas las alarmas. Pero a la literatura española parece que todavía no le ha llegado la hora de descorrer las cortinas y ventilar las estancias, aunque haya salido un libro de Miguel Dalmau para explicar su censurada biografía de Cortázar. O el de Gregorio Morán, que analiza la gran charca podrida y mediocre de los prestigios intocables. Somos unos cuantos los que no aparecemos en la foto mafiosa del compadreo y la devolución de favores. Por fortuna.

"Ten cuidado con Cataño..." Sí. Porque desde que empecé a publicar, nunca he tenido que lamer el trono de mandarines y mequetrefes.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sábado, 29 de noviembre


Llueve. Y la lluvia se me queda en los ojos, borrándome cualquier pensamiento. Solo el borboteo; la lluvia que dice cada letra de la palabra "lluvia". Como una niebla que pasa a través de la noche, y no sabe la noche si es humo que va hacia la hoguera, o sombra que huye.

Así también, a veces, nos vamos del cuerpo como nos vamos de las ideas, sin tacto ni luz, sin referencias ni faros. Solo el borboteo; mi yo que dice cada letra del cuerpo de mi "yo". Partido en dos, en luz y en nada: y, o. La lluvia. La noche que entra en la lluvia, la noche que se va con las hojas caídas, como nosotros nos vamos cada vez con más pasado. Con más nada, hacia la nada, bordeando playas a ocuras, oleajes detenidos, nubes blancuzcas en primera línea de batalla.

martes, 11 de noviembre de 2014

Martes, 11 de noviembre

Esto de la gloria literaria es una lata. Hoy al mediodía, cuando se me ocurrió abrir la puerta a ver si se habían llevado la basura, me encontré con un paquete. Nadie avisó; nadie tocó al timbre para decirme que a la entrada había algo para mí. El paquete, la mar de mudo, era de grandes dimensiones. Al principio me desconcertó, pues aunque últimamente compro mucho por interné, nada de lo adquirido podía tener semejantes proporciones.
Eran veinticinco ejemplares, precintados y primorosos, del nuevo diario, que acaba de editarme Renacimiento: La próxima vez (2004-2007).
Como uno es devoto de Correos, al caer la noche ya estaba enviando unos cuantos a los amigos de la prensa. Caía una fina lluvia y por la empinada sufría conatos de resbaladura. Hubiera resultado igual, con el globo perceptivo en el que me ha metido la fiebre desde hace cosa de cinco días.
En otro tiempo (¿treinta años atrás?) la travesía hubiera sido más larga, cargado de paquetes, cada uno de ellos con dedicatoria, o carta, o tarjeta, o a sobre limpio. Ahora la estafeta no me  queda a trasmano. Es la misma en la que recojo los ejemplares que voy comprando de cuanto he publicado. A veces regresa a sobre limpio, o con una carta, o  con la tarjeta del Titanic, o con una dedicatoria sin gracia y letra envarada.
Ahora tendré que hacer el esfuerzo de cumplir con el rito que observo desde Jules Rock (1973), agosto de 1974. Como dentro de nada estaré en Punta del Hidalgo, me iré a mi Cueva de las Algas. Allí le ofreceré al océano su ejemplar.
Se me olvidaba: cuando al salir a hacer la compra descansé para un café, eché en falta, en un par de hojeadas al libro, un punto de los que se anticipan al guión largo, ese guión largo que tanto le cuesta a la tipografía moderna. Tampoco figuraba, en la contraportadilla, la foto del autor que se había convenido. En este caso era, pasada a cuatricomía, la que C. me sacó en octubre en Cala Santa Cristina. Quizá sea mejor así: leer de un lado para otro sin tener que toparse con la imagen del autor semiapoyado en un muro.