martes, 19 de mayo de 2015

Martes, 19 de mayo

No hablemos de editores… No hablemos de lectores (¿qué lectores?). Miremos hacia esa inmensa soledad en la que van quedando nuestros libros. Pocos frutos del hombre son destinados a una indiferencia semejante; a un apartamiento tan nítido como el de la nube que destaca en medio de la tormenta, y en ella se confunde, antes de que la tormenta termine borrándose.

viernes, 15 de mayo de 2015

Viernes, 15 de mayo

Resulta conmovedor observar cómo el mundo, sobre el horror que propicia, despliega la más tranquilizante armonía. Por eso quizás añoramos las mañanas de entusiasmo furioso de la infancia, las tardes más amplias de entonces, la noche que se tendía y el horizonte que la apoyaba y latía acompasado con el latido de las estrellas. Qué ignorancia la nuestra más hermosa. Qué frágil membrana nos mantenía apartados de las llamas de vidrio. Sonrosados y henchidos de aromas de huerta salvaje jamás escuchamos el rescoldo de las sirenas, sus gritos lejanos cuajados de rojo. El centelleo de las estrellas era como el brillo de inocencia renovada de nuestros ojos y nunca jamás el eco de lo que el desgarramiento cegaba y silenciaba.

martes, 5 de mayo de 2015

Martes, 5 de mayo

Ayer fue media hora de sirenas del crucero mayor del mundo. Hacía tiempo que no las escuchaba tan próximas; hoy me he enterado que la niebla se cernía sobre el puerto de Barcelona, y encuentro una explicación.
Ahora pasa con lentitud unos de esos aviones gigantes que a veces diviso,  con la proa ligeramente alzada sobre el Monte Judío, camino de la pista de aterrizaje. Yo le pregunto a mis gorriones, a los vencejos, a las grandes gaviotas que han venido a merodear esta mañana en torno a la plaza.
"También nosotros tenemos para todos los gustos", me dice un gorrión desayunando. "Desde el ruiseñor que juega al escondite hasta las pandillas de estorninos…".
Me pongo poético:
"¿Y el sol? ¿Acaso no es uno… ?".
Desdeñoso, ha dejado caer un fisquito de galleta y me ha replicado: "¿Acaso ignoras que nuestros latidos existen entre multitud de soles?".

sábado, 2 de mayo de 2015

Domingo, 2 de mayo

*
Casi veinte años después sigo soñando con lo que pasó -en el sentido de que ya transcurrió, aunque continúe sin saber por qué las cosas se despeñaron como lo hicieron.  Y revivirlo envuelto en pesadilla, no ayuda a conocer por qué mi vida se deshizo, hecha añicos bajó a los infiernos, que es la sensación que, con renovada fiereza, hace que abra los ojos, el pavor enredado en mi cuerpo, tan laxos los músculos que apenas puedo apartarme de la maraña, y respirar con la boca dirigida al sol verdadero.

*
Me pregunto si los gorriones, esos mismos que se lustran el pico en la ventana, a los que sorprendidos de encontrarme al otro lado del vidrio se les caen los materiales que acarrean para el mantenimiento de sus nidos, si esos gorriones alborotadores son conscientes de que viven al borde. O mejor, entre dos vorágines cósmicas, en la tregua entre dos explosiones.

*
¿Misantropía? Quizá no haya otra palabra. Pero diría que mi sentimiento es indolente con respecto a cualquier término que tenga que ver con el ser humano… 
Y, sin embargo, puedo ser el más bondadoso. Quien más escuche.

*
Nada se destruye. Todo se transforma. El horror de intuir las caras de las metamorfosis. Al gorrión la brisa le levanta la pelusilla del cuello. Mira y remira y ya está saltando como un pez a la luz.

lunes, 20 de abril de 2015

Lunes, 20 de abril

Los viejos recortes de prensa que tiro a la basura, apenas les echo una ojeada. La rusa de la inmobiliaria, que no para de salir a la acera para hablar por el móvil, moviéndose de un lado para otro con pasitos de porcelana, mientras los ajustados vaqueros esconden sus tacones elevados; todo en ella escondite: el flequillo y la desconocida frente, el jersey de cuello alto y los pechos voluminosos. El gorrión que me pide el desayuno cada mañana desde la barandilla del ventanal. La rutina. Los atardeceres callados. Los pitidos todavía tímidos de los vencejos. La escritura como una forma, lateral o involuntaria, de hacer balanza con la memoria, y la fulmina, el acto de escribir fulmina la memoria. Mis amigas marroquíes (dos del norte y una del borde del desierto, con la piel lamida por el sol). Los brotes en los troncos de ciertos árboles, como si fuera tal su prisa que no aguardan para llegar a la copa. Y la decadencia templada. Las alegrías que quedan. La playa inaccesible, escondida detrás de una barranquera que desciende de las cumbres con aguiluchos y cernícalos, en Los Asules. El olor de las artemisas cuando el aire es de oro. Polvo rojizo y tacto de líquenes amarillentos. Cómo nos vamos con tanta indiferencia.

martes, 14 de abril de 2015

Martes, 14 de abril

Ha chillado la primera pareja antes de que la viera, y ya había desaparecido. Y volvieron, rondaron: son los vencejos. Y se me ha ocurrido pensar en los gorriones del tejado, a los que tanto cariño les he tomado esta temporada. ¿Los meto en casa? ¿Los acuno y los alimento lejos de los sanguinarios silbidos de los vencejos?
Qué pensará de todo ello Coetzee. Terminé Hombre lento, hipnotizado y maldiciendo sus trucos, y he empezado con lo primero suyo que encontré a mano: Juventud.
Todo muy apropiado: juventud, los apocados gorriones, la sangre.
Vendrán otra vez las amapolas, y otra y otra, y se derramarán en ellas mis ojos -como si hubieran alcanzado el misterio del universo.



Me ocurre como cuando me asomo al mar, después de algún tiempo, y le pregunto: "Mar, ¿eres el mismo?" Ahora se lo digo a la noche, pues los vencejos, después de este desgarbado e impetuoso ensayo general, se han ido a dormir a los hilos tendidos: "Noche, que yo sé que eres la misma, ¿son los vencejos los mismos del año pasado?" "¿Y tú quién eres -me responde sin que la oiga-, desconocido en tu recurrente identidad? ¿El que sangraba de niño por la nariz cuando llegaba la primavera? ¿El que pasaba en mi regazo la secuencia de la asfixia y el horror? ¿Son tus ojos aquellos que paseaban por el jardín, cada vez más amplio conforme se dilataba la luz de los días?".

lunes, 6 de abril de 2015

Lunes, 6 de abril

Al final de la tarde he divisado los primeros vencejos. Hacía frío en la calle y ellos parecían guarecerse entre los celajes, en lo más alto, lo más lejos de la tierra, envolviéndose en aquellos vapores sin color definido.
En la estación de Sants, ya las nubes blancas contra el azul de la noche, apenas salía más pasaje que el habitual.
Ya no se observan las grandes avenidas de los que regresan a la ciudad.
Los días pasan y lo que escribo en mis libretas continúa en ellas.
Llamada al mediodía de A. para establecer el calendario de mi exposición de septiembre. Hasta que no lo vea por escrito… Pero parece que va en serio. Al menos todo el entusiasmo y el coraje que ha puesto sobre la mesa para que se haga realidad.
Así que ya pienso en la estancia en Los Asules. Y en el solsticio de verano que por primera vez celebraremos en Estocolmo.

sábado, 4 de abril de 2015

Luis Bagué Quílez: Cuaderno del desarraigo

Cuaderno del desarraigo

Diez años después de Los que cruzan el marJosé Carlos Cataño publica la segunda entrega de su diario, que va de 2004 a 2007. Frente a los diarios omnívoros, que se alimentan de materiales de acarreo, y frente a los diarios de artista, que consignan una apretada autobiografía literaria, La próxima vez se reivindica como uno escrito a corazón abierto. La alteridad y el desarraigo constituyen el trasfondo sobre el que se troquela la primera persona. Nacido en La Laguna, pero instalado en Barcelona desde mediados de los setenta, Cataño [...] afirma manejarse con mayor desenvoltura en la evocación de lo vivido que en la transcripción de las vivencias inmediatas. Sin embargo, tan importantes son aquí los flases que agitan la memoria como las secuencias que diagnostican los males del siglo XXI. Así, si en la política predominan “la corrupción” y “el nepotismo”, la cultura se ha reducido a “las modas y el culto a la imagen”. Más apocalíptico que integrado, Cataño lanza también sus dardos contra la actualidad editorial, aunque su insistente desdén hacia las bagatelas del éxito no siempre acierte a disimular un gesto de coquetería intelectual. Con todo, la principal conquista del libro radica en la plasticidad de una prosa que esconde una poderosa corriente lírica: “Sobre un cielo de aguamarinas, nubes con el dorso de ceniza”. Sin abdicar del sentido agónico de la existencia, en La próxima vez se ausculta un vitalismo hondo y crepuscular: “Este latido, a pesar de todo, de la vida”.

Álvaro Valverde: Los diarios de Cataño

Los diarios de Cataño

La próxima vez, de José Carlos Cataño (La Laguna, 1954), reúne los diarios del escritor canario desde 2004 hasta 2007. Esta entrega sucede a Los que cruzan el mar (Pre-Textos), título horaciano donde agrupó sus anotaciones (aunque un diario es más que un conjunto de notas, como él mismo precisa) entre 1974 y 2004, y se anticipa a dos nuevas, que publicará, como ésta, Renacimiento en la Serie Minor de Biblioteca de la MemoriaLa vida figurada (2000-2009) y El porvenir del horizonte (20010-2013).
He leído, con creciente interés, estas páginas que nos da pistas sobre la vida y el pensamiento de uno de los poetas más secretos de nuestro panorama. Reside en Barcelona, como extranjero y sin patria (a esta circunstancia, fruto de una elección personal, dedica no pocas líneas), desde 1977, pero, como podemos comprobar, sus viajes a las Islas en estos años son constantes. Y allí, las personas (amigos y no pocos poetas, como Manuel González Sosa o los hermanos Padorno) y el paisaje, marítimo por naturaleza. Como buena parte de los diaristas, es bloguero; ahora, aquí.
Por lo demás, encontramos las reflexiones de un hombre que vislumbramos triste y melancólico ("Soy un misántropo aficionado"), huidizo y solitario, judío por más señas, cosmopolita, que envejece (¿no es ése el tema de la poesía?, se pregunta), ajeno, en tanto que escritor, al mundo literario (que detesta y donde, según él, los más le detestan y parecen empeñados en borrarle del mapa y silenciarle), que va por libre (a costa de lo dicho), marcado por la temprana muerte de su madre, especialista en las relaciones entre la literatura y el psicoanálisis, bibliófilo sin remedio (aunque los libros "te atan a las casas"), por eso habitual de los Encantes, huésped de numerosos hoteles, viajero a Suecia (en verano), Guatemala y El Salvador (y a Murcia y a Madrid), además de a Canarias, ya se dijo, paseante y contemplativo, "playista" al que le gusta perderse por calas y playas, ya sean catalanas o de sus natales Islas, ácido en sus comentarios sobre sí y los otros, contradictorio y desengañado, pero feliz en algunos momentos (por ciertas lecturas, algunas conversaciones, las tardes en casa, las cenas con amigas y amigos...), padre de su hija V., de la que se siente orgulloso, marido o compañero (no sé) de C. (lo que no le impide apreciar la belleza de otras mujeres), ajeno a los nacionalismos, pero de Barcelona ("Te dices, esta es tu ciudad"), lector de autores poco frecuentados, de los que, como él, se orillan y transitan por los márgenes, de los que se apartan, alguien, en fin, que conoce bien la poesía y que sobre ella escribe ideas llenas de sentido.
"Uno escribe porque no hay otro remedio; si no, calla", dice al principio, y se ve que es verdad. "Nada pidas. Nada esperes", podría ser su lema. "Asómbrate en lo idéntico", podría ser otro. El posible lector de estos diarios, que son mucho más de lo que señalo, no debería perderse la entrada del día 16 de mayo de 2007 (pág. 142 y ss.), paradigma de su forma de proceder y texto iluminador donde los haya: "Escribimos: vivimos". 

jueves, 2 de abril de 2015

Iván Cabrera Cartaya: Cataño en su horizonte vertical




Cataño en su horizonte vertical



Iván Cabrera Cartaya

el horizonte que no quita nada

JRJ

Quizá deba, para escribir sobre La próxima vez (2014), segunda y nueva entrega de los diarios de José Carlos Cataño, ir à rebours y remontarme unos trece o catorce años atrás, hacer memoria y recordar releyendo mis propios diarios. A finales del siglo pasado y comienzos de éste, yo era un joven estudiante de filología, tímido y algo melancólico, en La Laguna; esta pequeña ciudad llena de tiempo, húmeda, conventual; pero también tentadora a su manera. Tenía clases por la tarde y, antes de entrar o cuando salía, me paseaba por El Cuadrilátero o las calles de La Carrera, Viana, Heraclio Sánchez o San Agustín. Entonces ya escribía y comenzaba a dar los primeros pasos en periódicos y revistas literarios, donde iba publicando poemas y artículos. Recuerdo haber visto en unas pocas ocasiones, a la entrada del Hotel Aguere, del Nivaria y en una mesa del Ateneo, a un hombre elegante, sofisticado, muy bien vestido, de maneras educadas, y fino bigotito que quizá subrayaba una época pretérita y mejor. Este hombre, que llamaba la atención por su aspecto, no me era del todo desconocido pues había leído algunos de sus libros, Disparos en el paraíso(1982) o Muerte sin ahí (1986). Ese señor misterioso era, por supuesto, José Carlos Cataño, y desde hacía tiempo estaba encarmelado en Barcelona como un «pijoaparte» isleño y transterrado. José Carlos, como ahora, era un ave de paso en la isla, la que seguía siendo la suya. Me hubiese gustado acercarme a él y conocerlo en aquel momento; pero su elegancia me apabullaba:«ya conocéis mi torpe aliño indumentario», diría recordando a don Antonio Machado, y nunca encontré un motivo suficiente para el saludo. Nuestro encuentro sólo se produjo muchos años más tarde durante un mediodía soleado en la terraza del Hotel Nivaria.
Uno, primero como lector; escritor tanteante después, y encima filólogo por vocación para rematar la faena, ha estudiado el diario encasillado en su compartimento estanco de subgénero de la biografía y, aún más ajustadamente, como subgénero de la autobiografía, como lo es el poema en prosa con respecto a la poesía vista desde una perspectiva tradicional, y que ya desde el Romanticismo alemán y mediados del siglo XIX adquirió carta de naturaleza y una inmediataa aceptación en Francia con los célebres Gaspard de la nuit(1842), de Aloysius Bertrand; y el Spleen de París (1869),de Baudelaire. En lengua española luego, tuvo iniciales y fantásticos cultivadores como el venezolano Ramos Sucre. Muchos autores y estudiosos del tema están de acuerdo en que para que haya diario, además de una escritura fragmentaria y sostenida con cierta regularidad, basta la fecha, la datación cronológica de la escritura como una huella o un trazo en el tiempo vivido, que allí se preserva y nos resguarda con la precariedad de todo lenguaje y memoria. Confieso que he vivido (1974) tituló sus memorias Neruda, y así era; aunque yo veo las memorias como un diario idealizado, tramposo, falsamente totalizador, quizá con más olvidos que recuerdos, por invertir el título de otras memorias que también se leen en las aulas universitarias: las de Francisco Ayala.
Podríamos empezar, proponer un incipit, preguntándonos por qué, con qué fin y en base a qué tentación, fuerza o debilidad, se escribe un diario en este siglo XXI. Entiendo, y habla alguien que empezó escribiendo uno a los quince años y aún persiste en su error, que un diario se escribe como verdadera cédula de identidad, como consuelo y placer propios, hasta onanista si me apuran. El diario es una práctica no menos íntima que una masturbación, un ensayo de modesta eternidad que de alguna forma nos proyecta hacia el futuro como una nave espacial, y que también nos defiende y nos dignifica un poco con respecto a los ojos del que vendrá a interrogarnos luego. De veras creo que solemos ser injustos y parciales con el que fuimos, y nunca somos bastante generosos perdonándonos. Se puede entender y leer un diario de muchas maneras; pero, ante todo, el texto, el papel que defiende su blancura y donde uno se confiesa, es un participante que siempre nos dirá que la vida fue hermosa o triste, valiosa o dura, que puede y debiera seguir siéndolo, y que nos hemos confesado ante un oído que no usará esa información para juzgarnos y condenarnos más tarde, como escribió Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975): estoy pensando en la confesión religiosa como violencia y maquillado abuso de poder. El diario es un conversatorio con nuestro silencio hablador, un participante paciente y memorioso: un Funes angustiado por la riqueza latina de la minucia.
Si como pensaba Paul Valéry, la poesía es el desarrollo de una exclamación, quizá no sea descabellado plantearse la posibilidad de que el diario sea la prolongación o la extensión de una agenda, de un dietario de vida que empieza por llenarse de planes hasta que esos planes se llevan a cabo o se frustran, o hasta que tienen vida y voz y empiezan a hablar, mal o bien, de sus dueños. El primer título que José Carlos ideó para este amplio conjunto de sus escritos en los últimos diez años iba a ser El porvenir del horizonte, nombre que ahora se reserva para el tercero de los volúmenes en que ha quedado dividido. Me parece que el diario es también la búsqueda o el impulso hacia un horizonte posible, el sueño de realizar ese contacto, esa alianza que se aleja a medida que nos acercamos a ella, como la potencia que impulsaba hacia delante a los poetas románticos. ¿Acaso es otra la naturaleza del deseo o el carácter de una vida que siempre se entiende como continuidad, como preservación y como variante de los mismos temas, como redundancia inédita de un lenguaje que se bifurca, y siempre tiene el encanto de ofrecernos una ligereza nueva o un gesto distinto? Sobre esto escribe Cataño el 31 de mayo de 2005:
La vida nos apura mientras nos arrastra. La literatura trata de fijarnos entre sus remolinos.
Creo que los diarios que hoy les presento a ustedes tienen mucho de exploración, de meditación para después, de impresión ligera que en ocasiones se ahonda hasta límites que ni siquiera el autor sospecha; pero pienso que justamente en esa aventura de ahondamiento, de buceo, se alza todo el atractivo y la imantación de cualquier actividad literaria. La intimidad de estos textos, ahora volcada hacia un destinatario posible, no excluye el testimonio del autor sobre su tiempo, la observación de los pequeños animales, la crítica civil, la exploración de muy distintas aficiones artísticas, los viajes, las costumbres morales, e incluso el cuestionamiento de las viejas creencias e ideas, siempre necesitadas de nuevas interrogaciones. Como en una novela, todo cabe en el diario; y creo que puede verse en él un subgénero omnívoro donde las reglas, la extensión, los temas, los ambientes o los personajes... aparecen, se mezclan, se imponen o se ocultan caprichosamente, en un azar imposible de abolir en el simple transcurso de los días. Sólo la necesidad, la voluntad de una libertad necesaria, guía esta escritura mediante una conciencia imaginativa e intelectual que casi pinta lo que ve por la fuerza con que los sentidos se abren al mundo.
Mientras se leen los diarios de José Carlos Cataño, a uno le parece estar asistiendo a las peripecias cotidianas del voyeur o del flâneur de Walter Benjamin; una suerte de exquisito canalla, en apariencia un transeúnte más, que observa la vida con unos ojos siempre frescos, y de una plasticidad a flor de piel. Explorador de la erótica de una realidad donde todo se enlaza y se dispersa a cada instante, Cataño, que también ha escrito y escribe ficción (ahí están novelas como El exterminio de la luz, Madame o De tu boca a los cielos) se muestra más libre y ligero que nunca en estos fragmentos, o se tumba en los divanes de oriente y occidente para aplicarse su propia terapia, paciente y doctor de sí mismo. Creo que la escritura de un diario no es otra cosa que el registro de un pulso que intuye la desaparición angustiosa de todo. La literatura ya lo es, pero quizá no haya género más ambicioso y ávido de que perdure nuestra realidad entera que el diario. «Hay escritos que tienen el propósito de una publicación, e incluso de que esta sea póstuma. Los grandes diarios literarios han sido escritos sin ninguna expectativa de ser leídos. Algunos ejemplos son los de James Boswell y Samuel Pepys», ha escrito William Boyd en su ensayo Bamboo (Duomo), y es que uno de los grandes problemas que nos plantea cualquier diario es su propósito, la perspectiva o la finalidad con la que se llevan a cabo.
El diario como estrategia para una vitalidad doble, para un programa de vida que se contradice y se reformula, siempre ansioso por encontrar detalles inmensos. Los autores grecolatinos no escribían diarios tal como los entendemos hoy, pero algunos textos de Platón, las cartas de Cicerón, las Meditaciones de Marco Aurelio o las Confesiones de San Agustín, aunque sin fechas, no estarían lejos del tono y los rasgos del género. Podemos recordar también el cuaderno de bitácora como un precedente viajero del diario: ahí está el de Colón, donde halla su arranque la amplísima y rica literatura hispanoamericana. La aparición de la imprenta a mediados del siglo XV, la conquista y el expolio de América, donde nace el comercio global de hoy, el pensamiento de Descartes, la Revolución Francesa, los ilustrados, la implantación de los derechos humanos y sociales... fueron el caldo de cultivo donde se van cociendo los primeros diarios modernos.
Como ha escrito el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Alberca en su libro La escritura invisible. Testimonios sobre el diario íntimo (Sendoa), los libros de cuentas y de familia fueron transformándose en anotaciones de carácter personal y expresivo. Los diarios, como en Caro diario (1993), la extraordinaria película de Nanni Moretti; la Vida y cartas de James David Forbes (1873); el Diario de un loco, de Nikolái Gógol; los Diarios de León Tólstoi; los del pintor suizo Paul Klee; el Diario que Anna Frank comienza con trece años; elMartirologio de Andrei Tarkovsky; el Diario de Susan Sontag; los Cuadernos en octavo de Franz Kafka; los voluminosos Cahiers de Paul Valéry; por no hablar de los de Katherine Mansfield, Yorgos Seféris, Thomas Mann, Virginia Woolf, Robert Musil, Julien Green, André Gide, George Orwell, Cesare Pavese, Ernst Jünger, James Salter, John Banville; los Carnets, de Albert Camus; el excepcional Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa... En fin, cada uno de ellos los leo como una contravención, una rebeldía narrativa, un narrar sin prevenciones ni servidumbres y que quizá, como en la novela de Proust o en la parábola quijotesca de Ginés de Pasamonte, sólo pueden cerrarse con la propia vida.
Numerosos poetas, narradores, ensayistas o pintores de lengua española, hoy escriben su diario y lo van publicando, además de escribir ensayos sobre ello. En la época moderna y contemporánea, me vienen a la memoria los diarios de Zenobia Camprubí; el Diario de un pintor (1984), de Ramón Gaya; El Cuaderno gris (1966), de Josep Pla; La gallina ciega (1971, 1975, 1995), de Max Aub, que el profesor y crítico Nilo Palenzuela comentaba en sus clases de Literatura; el extraordinario La tentación del fracaso (1992), de Julio Ramón Ribeyro; el diario-río de Andrés Trapiello, que lleva el título genérico de El salón de los pasos perdidos(Pre-textos) y del que ya han aparecido hasta dieciséis entregas; el Dietario voluble (2010), de Enrique Vila Matas; los de Alma Guillermoprieto, José Luis García Martín, Alan Pauls, Justo Navarro; o los del lúcido e inconforme Ricardo Piglia, un autor por el que siento verdadera pasión.
Lo que me parece muy interesante y atractivo de un diario, de su planteamiento o ideación, es su asistematicidad, su disciplina abierta, su rostro poliédrico. En él podemos narrar sueños, mentir, diseccionar e idear miniensayos sin la pesada carga de la erudición y la minucia bibliográfica, donde a veces lo más accesorio es lo más jugoso, lo más sustancial lo que en apariencia es menos trascendente. Dentro de una expresión que suele ser coloquial y sin el incómodo oído de un público posible (al menos en principio), el autor tiene ante sí muchas formas de elocución y de silencio. Se argumenta, se narra, se explica, se describe, se comentan películas, se menudea en los deseos, se fantasea. Muchas novelas, ensayos, libros de poemas, vocaciones y aprendizajes, tienen lugar en un diario. Los diarios de hoy ya no son los de ayer. Podríamos preguntarnos a dónde van los diarios hoy cuando se editan, y en manos de quiénes ponemos nuestra intimidad.
Creo que muchos de los diarios que hoy se escriben ya no se hacen en esos estrafalarios y siempre adornadísimos cuadernos que se guardaban en la mesilla de noche. Los blogs, que proliferan hasta el infinito en la web, son los diarios de la actualidad y es en ese nuevo formato donde escritores de toda clase y condición, de cualquier edad y talento, vuelcan sus prácticas de escritura. Esto lo sabe muy bien José Carlos Cataño, quien desde hace mucho mantiene uno en el que de vez en cuando nos enseña algunas de sus impresiones, de sus paisajes, de sus pensamientos; pero que luego va borrando de la misma manera que desaparece la estela de un barco que se aleja en el mar. A todos los que conocemos y leemos a José Carlos nos resulta familiar su afición marina, como lo son su fascinación por los viajes, los collages, la fotografía o las ediciones y objetos antiguos. La próxima vez (2014) es la noticia inquieta y renovada de su sensibilidad e inteligencia.
Esta próxima vez que ya fue o aún está llegando, esta ocasión que siempre queda incompleta y pendiente para un encuentro con algo hermoso y duradero, es la que celebra y promete la escritura como una estrategia de supervivencia, como una prueba de vida. Ojalá su lectura permanezca en nuestra memoria y la ilumine porque, vuelvo a Valéry, si es verdad que un gran poeta convierte a su lector en un inspirado, en Cataño encuentran su perfecta alianza ambos planos. Su vida desplegada y observada minuciosamente en estas páginas también nos enseña a compartir la nuestra, y a dejarla ser enlazada a muchas otras que nos acompañan, nos enseñan, y nos permiten ser nosotros mismos. Así lo expresa el poeta en una nota escrita el viernes, 25 de noviembre de 2005:

lunes, 30 de marzo de 2015

Lunes, 30 de marzo

¿Se anotan en un diario las palabras que otros nos dedican al que hemos publicado, en este caso La próxima vez (2004-2007)?
Esta pregunta de momento afecta a cuatro personas. Empecemos por la última, Arcadi Espada, en su columna de El Cultural:

Diario y diario

ARCADI ESPADA | Publicado el 27/03/2015          Imprimir

El diario es un género de la literatura, pero también una retórica. En su forma extremada y pura es un vano intento. Como el destinatario de las anotaciones solo es uno mismo, la cantidad de sobreentendidos hace indescifrable la lectura para cualquiera que no sea el que escribe. Todo aquel que haya probado del género sabe hasta qué punto resulta fastidioso y falaz aclararse a uno mismo los sobrentendidos. De ahí que el diario solo funcione como una convención: una forma de ir narrando la vida a un interlocutor que no se distingue del de la novela o el reportaje. Aunque cualquier ficción puede disponerse con esa carcasa, la convención requiere que el autor y el sujeto narrativo coincidan, porque el diario es una forma de la literatura no ficcional. Así pues, verdad y tiempo: ¡esas premisas low cost

Sin embargo, y fruto seguramente de mi deformada profesionalidad, yo advierto en el diario una conexión inesperada que se describe en su homonimia. Diario y diario son dos cosas con el mismo nombre. Se supone que una describe la vida íntima y otra la vida pública. Pero a veces, leyendo un diario literario, se produce un raro y cautivador solapamiento entre las dos vidas, que fluyen sin aduanas. Son los diarios que prefiero. Así este último de José Carlos Cataño, La próxima vez (Renacimiento), y que se extiende entre los años 2004 y 2007. Influirá, sin duda, en su éxito sincrético que el autor sea cronista en los periódicos y disciplinado diarista. Muchas de sus entradas son microrreportajes sobre la vida de dentro, congelados en el tiempo. Pero también está la actualidad intempestiva que ha quedado. Sobre esa actualidad se produce un efecto seductor y convincente. El urgente titular de periódico queda deshuesado en un endecasílabo y la inteligente prosa de Cataño confirma mi sospecha sobre los maestros del oficio. Gente que habla en verso sin saberlo.

viernes, 27 de marzo de 2015

Viernes, 27 de marzo

Al sobreviviente le basta la circunvalación de la rutina, el arado a cargo de la yunta que le confirma, una y otra vez, que sigue con vida. En esa planicie roturada, no hay cabida para esperanzas.

jueves, 19 de marzo de 2015

Jueves, 19 de marzo

Los muertos tienen a quienes les lloran. Pero ¿quién lo hace por la tierra que recibe la sangre derramada? ¿Y los inocentes que asisten de testigos a las matanzas, quién llora por ellos?

Hace viento. No sopla el viento. Hace. Como el agua, que no se puede atrapar. Como el tráfico cuyo sonido traspasa los ventanales, a rachas. Hace viento. A veces es un rumor de ramas que están floreciendo. A veces un golpe de ventana o puerta. Luego, el tráfico va desapareciendo. El viento ronda por la noche, por sus nubes invisibles. Da un golpe. Más arriba no hay nada. Solo la tersura del más insulso, grotesco misterio. Tan serenado.