¿Por qué es ésa la que que brilla y no las otras, y en ese instante y no en los otros, en los tantísimos otros, en parecidas circunstancias?
Probad a hacer la prueba, en un recinto cerrado o abierto, por la calle, en el autobús, dentro de la multitud. De repente es ella la que brilla y todo lo demás, de la envidia se da la vuelta para no celebrar su incandescencia.
Llevaba un sombrerito de paja pintado de blanco deleznable. Ni me he fijado en su nariz. El óvalo ancho. Lo que viste, tampoco en eso he reparado. Sólo en sus ojos, contentos y alborotados porque se aproximaban al parque Güell.
Como de costumbre, veníamos en el autobús un par de indígenas y el resto era un semillero amorfo de chancletas y tirantes, pechos y barrigas, acentos desconocidos y rostros apenas dignos. Pero pegado a la puerta ella estaba con aquellos ojos ligeramente separados irradiando una alegría inexplicable, descomunal, contra natura. Alegría y mediodía, hasta el punto que, por ese instante, no sentí que las asas de plástico me asfixiaban los dedos con el peso de la compra.
Cuando se producen epifanía parecidas, me quedo un rato barruntando cómo será después, cuando se retire el sombrerito, cuando la noche se cierne sobre sus párpados, cuando se incorpore al lugar de trabajo, cuando llegue el invierno y apenas sea una nariz morada y sonriente.
Es como los horizontes del mar, los países lejanos de la pubertad, las selvas y los atolones en que íbamos a levantar un amor poderoso e inalterable, despejado como la bóveda de las estrellas y los suspiros, cuajado de risas y diamantes, de caricias blancas, de mirares sostenidos y sin recelos, puros como la vida cuando es promesa.
Tantas veces no hemos deseado después abandonar el cuarto para que los confines del mundo mantuvieran intacto su aroma brillante y narcótico.
Sólo nos acercábamos a las divisorias del deseo a través del sonambulismo.
Luego, ese sonambulismo se hizo de agua ardiente. El agua ardiente, de culpa renovada. La culpa, de cuerpo propio y maltratado. La inocencia, con todo, nos conducía al anhelo de la redención.
sábado 18 de julio de 2009
viernes 17 de julio de 2009

Montse se llamaba, no Júlia…
Ahora veo los tres rostros: la mirada redonda de la maestra, el rostro ladeado de Montse, la expresión circunfleja de la estudiante de arte dramático... La maestra era la severidad, la misionera lingüística; la del reproche y el desprecio porque no me expresaba en catalán. Montse rehuía el conflicto; tenía ordenada sus cosas en la nevera, alguna vez me permitió que en su estante colocara un yogur; se encerraba con su compañero en la habitación; vivía su mundo entre la melancolía y la perplejidad. Supongo que mi forma de vida era como para causar el estupor en ocasiones. La aspirante a actriz, el pelo rizado y rojizo, más empapada de la modernidad de la época, era la que se reía; pero pasaba poco tiempo en aquel piso de alquiler, que se convertía en el paraíso cuando las muchachas pasaban los fines de semana en el pueblo.
Echando maletas empecé yo mi empleo -le dijo a mi lado el cobrador a su compadre-. Dentro de unos días hará cuarenta y dos años que estoy en la empresa. Tengo las piernas como sogas. El trabajo es bien. Lo malo es cuando tienes todo el día para cobrar. Desde las cuatro y veinte de la mañana que me levanto, hasta las diez de la noche en que llego a casa.
El compadre, siete años más joven (era del 51), también iba a cumplir años en el mismo trabajo. Gracias a Dios. Entré a los catorce años.
Se bajaron en mi parada, carretera del Carmelo con Alberto Llanas.
En la mochila, con los libros y dos prenda, traía de los Encantes la tarjeta de visita que encontré en los montones de ropa: Fulanito de Tal, agente comercial; dirección: carretera de Carmelo…
He estado mirando con los prismáticos las alondras. Son muy estilizadas. Navegan sin estridencia, con vuelo alto y ligero. Por debajo, en un promontorio pelado, que durante alguna de mis ausencias deben de haber arreglado en la parte alta del parque Güell, una piña de turistas hormigueaba, miraba en dirección al mar y hacía fotos.
En el puerto había al mediodía una trasatlántico mayor que un campo de fútbol. Qué espanto, una singladura en semejante bloque. Ha zarpado ya.
Me gusta la torre Agbar, de cerca y avistada desde la terraza. Y las dos puertas de mar, el hotel X y el otro edificio acristalado. Me recuerdan la poesía de Saint-John Perse.
Me gusta también cuando la luz de la tarde se filtra, si está nublo como hoy, por la Diagonal, y se retira como una marea amarillenta.
Hoy también había abundantes copos de color vainilla en los arcenes y capotas de los coches. La última traca de las acacias de Japón. La de Constantinopla, sin embargo, conserva su corona lila pero descolorida, como esos trapos o banderas que quema el sol muy ardiente.
Se decía de Rousseau -Bernardin de Saint Pierre- que cuando caminaba por la ciudad, sus ojos acaparaban nada más que lo que iba pensando, sin prestarse a distracciones. En el campo todo él se entregaba a las plantas y a los pájaros. Se resarcía con su belleza y en ello encontraba instantes de felicidad.
Hay humedad y brisa refrescante. La claridad es mate. El pulso no es melancólico.
jueves 16 de julio de 2009
Júlia, creo que se llamaba. La señora del otro día, en el autobús, una de mis antiguas subarrendadoras del 76...
Creo que ése era su nombre, y me acuerdo ahora de escribirlo. En cualquier caso, nunca volveremos a coincidir en ninguna parte, en ningún lugar.
Sobre los encuentros al cabo de los años... El de Anqui, en un semáforo de la Diagonal. Tampoco nunca más la he vuelto a ver. En una época, en la que todavía me acordaba de sus apellidos, en vano la busqué en el directorio telefónico de Barcelona.
Se van con sus nombres, olvidados o pronunciados, para seguir en nuestro pasado, ese del que hemos tratado de desasirnos.
Creo que ése era su nombre, y me acuerdo ahora de escribirlo. En cualquier caso, nunca volveremos a coincidir en ninguna parte, en ningún lugar.
Sobre los encuentros al cabo de los años... El de Anqui, en un semáforo de la Diagonal. Tampoco nunca más la he vuelto a ver. En una época, en la que todavía me acordaba de sus apellidos, en vano la busqué en el directorio telefónico de Barcelona.
Se van con sus nombres, olvidados o pronunciados, para seguir en nuestro pasado, ese del que hemos tratado de desasirnos.
martes 14 de julio de 2009
La calina, ahí cerca. El mar, inexistente. Sierras envueltas en nubes ligeras como lienzos. En lo poco que queda del día la luz ha venido a reconcentrarse en un fulgor sombrío e intenso. Oigo por la ventana las conversaciones de los niños. La tarde entera leyendo Les Rêveries du promeneur solitaire . La sombra de Montaigne, como señala M.G.B.
Hoy más que nunca tendría que adecentar la casa. Por si suben Leo y Zoraida. En los años que llevo en la Colina, dos personas han subido a mi casa. Una, se ha sentado. Iremos a cenar a la torre con jardines, aquí al lado.
Llamada también de X. Descolgué el teléfono porque andaba despistado, en mis propias rêveries... (tendría que analizar este concepto y colocarlo junto a las direcciones únicas de Benjamin, junto a las andanzas de Unamuno, las divagaciones de Bergamín).
Ha estado, en este paréntesis sin vernos ni oírnos, en Guatemala y Sao Paulo.
Las otras llamadas por devolver...
Los otros correos por contestar.
Todo lo otro.
Y yo aquí.
Como todo es pasajero una brisa empuja a las nubes, o más bien las descorre, y en una linde se coloca toda la claridad, y piensa uno en el sol brillando en otro lugar, acariciando otras colinas, amaneciendo en otros mares de transparencia.
Podría llover o venirse abajo todo o la oscuridad de la noche ártica, que en mí quedaría esta huella. Lo que queda, en lo efímero.
Hoy más que nunca tendría que adecentar la casa. Por si suben Leo y Zoraida. En los años que llevo en la Colina, dos personas han subido a mi casa. Una, se ha sentado. Iremos a cenar a la torre con jardines, aquí al lado.
Llamada también de X. Descolgué el teléfono porque andaba despistado, en mis propias rêveries... (tendría que analizar este concepto y colocarlo junto a las direcciones únicas de Benjamin, junto a las andanzas de Unamuno, las divagaciones de Bergamín).
Ha estado, en este paréntesis sin vernos ni oírnos, en Guatemala y Sao Paulo.
Las otras llamadas por devolver...
Los otros correos por contestar.
Todo lo otro.
Y yo aquí.
Como todo es pasajero una brisa empuja a las nubes, o más bien las descorre, y en una linde se coloca toda la claridad, y piensa uno en el sol brillando en otro lugar, acariciando otras colinas, amaneciendo en otros mares de transparencia.
Podría llover o venirse abajo todo o la oscuridad de la noche ártica, que en mí quedaría esta huella. Lo que queda, en lo efímero.
lunes 13 de julio de 2009
Dos posibilidades contemplas entre las que podrá ofrecerte la ciega balanza del infinito destino: < o bien >. Preverás, incluso, una imprevisible ><. Pero cuando ya es tarde te arrojará la irrevocable <> como desenlace.
Algún día quizá tú seas esa <> para quien ni la esperaba ni la deseaba.
Algún día quizá tú seas esa <> para quien ni la esperaba ni la deseaba.
Siempre he buscado la mano que me agonice.
Con X, Y y Z... Con los que ya descansan en mis vidas anteriores. De la manera más fácil y gratuita.
Lo confieso no para dar pena. Lo escribo para acompañarme en el desprecio, ese dolor tan solo.
Como fuego que fui.
Con X, Y y Z... Con los que ya descansan en mis vidas anteriores. De la manera más fácil y gratuita.
Lo confieso no para dar pena. Lo escribo para acompañarme en el desprecio, ese dolor tan solo.
Como fuego que fui.
domingo 12 de julio de 2009
Crepúsculo lila y brumoso, como en un fondo de Turner.
Volví a quedarme encerrado en el ascensor... Por tercera vez en cosa de ocho meses... ¿Tiene sustancia este incidente? ¿Se queda en mera descripción?
El aire se hizo enseguida sofocante. Me rozó la garra del miedo: domingo, la alarma que sonaba sólo cuando le daba la gana, sin fuerzas, a punto de alcanzar un octavo piso -uno más que las otras dos veces en la Plaza-... ¿Y si se desplomaba, y yo con él, hacia el olvido banal y definitivo? Pasaron por mi mente casi todas las formas del horror, de la irremisible tragedia, olvidándome que conmigo traía el pollo al ast que había comprado al lado del Bar Maravillas, más arriba, junto a la carretera del Carmelo.
Me gusta, esa suerte de barrio diminuto que llamaría Mirador y que son unas cuantas casas al borde la carretera, unos bodegones, unas tiendas de ropa todavía en activo y otras recién cerradas. Es otro mundo, tocando estos límites en que vivo que ya son otra ciudad, otro idioma, otras formas de vida. Tomé asiento en la pequeña, oculta terraza del bar llamado propiamente Mirador. Extendí los periódicos sobre la mesa. Al cabo me cansé de los titulares y miré a las golondrinas, volando por encima de los cuantiosos cables eléctricos de la zona. También las he sorprendido, a primerísima hora, jugando a rasar la carretera, por la curva encima de mi casa.
Esta mañana regresé, después de mucho tiempo, de Sant Antoni al Carmelo en el 24. En la parada de plaza de Cataluña, el autobús, que era bastante cómodo y espacioso, quedó obstruido por los turistas que se dirigían al parque Güell. Aun así, me gusta ese trayecto de olores e idiomas tan diversos, en tan agobiante vecindad. El conductor hizo pocas paradas para cargar pasaje. En una de ellas, subió al vehículo una señora. De pronto la memoria me golpeó el estómago. Era X -de todas maneras dudaba con su nombre-, una de las tres muchachas que me alquilaron una habitación en Consejo de Ciento durante unos meses de 1976. Desde entonces no la había vuelto a ver. La enguyó el pasaje. No sé si conmigo hizo lo propio. Aunque se ve que no fue suficiente: la historia, o la memoria, una hora después me encerraba en un ascensor.
Volví a quedarme encerrado en el ascensor... Por tercera vez en cosa de ocho meses... ¿Tiene sustancia este incidente? ¿Se queda en mera descripción?
El aire se hizo enseguida sofocante. Me rozó la garra del miedo: domingo, la alarma que sonaba sólo cuando le daba la gana, sin fuerzas, a punto de alcanzar un octavo piso -uno más que las otras dos veces en la Plaza-... ¿Y si se desplomaba, y yo con él, hacia el olvido banal y definitivo? Pasaron por mi mente casi todas las formas del horror, de la irremisible tragedia, olvidándome que conmigo traía el pollo al ast que había comprado al lado del Bar Maravillas, más arriba, junto a la carretera del Carmelo.
Me gusta, esa suerte de barrio diminuto que llamaría Mirador y que son unas cuantas casas al borde la carretera, unos bodegones, unas tiendas de ropa todavía en activo y otras recién cerradas. Es otro mundo, tocando estos límites en que vivo que ya son otra ciudad, otro idioma, otras formas de vida. Tomé asiento en la pequeña, oculta terraza del bar llamado propiamente Mirador. Extendí los periódicos sobre la mesa. Al cabo me cansé de los titulares y miré a las golondrinas, volando por encima de los cuantiosos cables eléctricos de la zona. También las he sorprendido, a primerísima hora, jugando a rasar la carretera, por la curva encima de mi casa.
Esta mañana regresé, después de mucho tiempo, de Sant Antoni al Carmelo en el 24. En la parada de plaza de Cataluña, el autobús, que era bastante cómodo y espacioso, quedó obstruido por los turistas que se dirigían al parque Güell. Aun así, me gusta ese trayecto de olores e idiomas tan diversos, en tan agobiante vecindad. El conductor hizo pocas paradas para cargar pasaje. En una de ellas, subió al vehículo una señora. De pronto la memoria me golpeó el estómago. Era X -de todas maneras dudaba con su nombre-, una de las tres muchachas que me alquilaron una habitación en Consejo de Ciento durante unos meses de 1976. Desde entonces no la había vuelto a ver. La enguyó el pasaje. No sé si conmigo hizo lo propio. Aunque se ve que no fue suficiente: la historia, o la memoria, una hora después me encerraba en un ascensor.
jueves 9 de julio de 2009
Ah, la vida de barrio, el contacto con la humanidad, veinte minutos al mediodía, veinte a la tarde, si no qué sería de mí consumiéndome en el no-lugar, en el no-tiempo de la historia, y el café doble en el Okay para conseguir resucitar, el periódico.
Un periódico sin bar no es nada: hay que abrirlo entre los comentarios de los clientes, el que entra con prisas y se traga un botellín de cerveza con una palmada a la barra, el que lleva toda la mañana recapacitando sobre el fondo del vaso, la ama de casa joven que se quita la chaquetilla de chándal, se suelta el pelo, sacude la cabeza, los fósiles frente a las páginas de deportes. Repartidores, operarios de la zona, parroquianos..., algún turista perdido, a veces una japonesa... Voy de opinión en opinión escrita, de titular en titular, resbalan mis ojos por una foto, mi oído enhebra una conversación y otra, levanto la cabeza, miro hacia afuera, respiro, paso de página.
Llueve con furia cuando salgo. Entro en la farmacia y salgo con el vale descuento de una función de teatro-kabbaret en el que interviene mi amiga, la hija de la farmacéutica, la que me da las cosas sin receta. Me resguardo de la tempestad bajo el toldo de la carpintería; las virutas, el aroma de la madera, la añoranza que me inspiran de siempre las carpinterías. Trallan los cielos. Paso por el súper que aquí es de pasillos angostos, sin carros, todos rozándonos y sonriendo; en familia.
Ah, la sensación de familia; como en el poema de Pessoa de cuando celebraba sus cumpleaños...
Aunque no pertenezca a esta cronología, aquí puedo sentir lo que es el transcurso de la historia, la anónima, la verdadera, la que huele a alcohol y café con leche, a deseo y resignación, a sudor y loterías perdidas: el infarto de un vecino, el paro del otro, las vicisitudes de la vecina. Y aquí puede entender, casi, los jeroglíficos de parentesco: el cuñado de la novia del hijo del suegro, esas fórmulas más retorcidas que el álgebra.
Y aunque volviera a mi país natal ya nunca podría arraigarme a la vida cotidiana. Sólo como forastero puedo acercarme a ella. Y el lugar de mi extranjería es éste. Este no-lugar, este no-tiempo.
Ese no que se afirma en la escritura.
Un periódico sin bar no es nada: hay que abrirlo entre los comentarios de los clientes, el que entra con prisas y se traga un botellín de cerveza con una palmada a la barra, el que lleva toda la mañana recapacitando sobre el fondo del vaso, la ama de casa joven que se quita la chaquetilla de chándal, se suelta el pelo, sacude la cabeza, los fósiles frente a las páginas de deportes. Repartidores, operarios de la zona, parroquianos..., algún turista perdido, a veces una japonesa... Voy de opinión en opinión escrita, de titular en titular, resbalan mis ojos por una foto, mi oído enhebra una conversación y otra, levanto la cabeza, miro hacia afuera, respiro, paso de página.
Llueve con furia cuando salgo. Entro en la farmacia y salgo con el vale descuento de una función de teatro-kabbaret en el que interviene mi amiga, la hija de la farmacéutica, la que me da las cosas sin receta. Me resguardo de la tempestad bajo el toldo de la carpintería; las virutas, el aroma de la madera, la añoranza que me inspiran de siempre las carpinterías. Trallan los cielos. Paso por el súper que aquí es de pasillos angostos, sin carros, todos rozándonos y sonriendo; en familia.
Ah, la sensación de familia; como en el poema de Pessoa de cuando celebraba sus cumpleaños...
Aunque no pertenezca a esta cronología, aquí puedo sentir lo que es el transcurso de la historia, la anónima, la verdadera, la que huele a alcohol y café con leche, a deseo y resignación, a sudor y loterías perdidas: el infarto de un vecino, el paro del otro, las vicisitudes de la vecina. Y aquí puede entender, casi, los jeroglíficos de parentesco: el cuñado de la novia del hijo del suegro, esas fórmulas más retorcidas que el álgebra.
Y aunque volviera a mi país natal ya nunca podría arraigarme a la vida cotidiana. Sólo como forastero puedo acercarme a ella. Y el lugar de mi extranjería es éste. Este no-lugar, este no-tiempo.
Ese no que se afirma en la escritura.
miércoles 8 de julio de 2009
He vuelto a verla. En la Colina, adonde he regresado estos días. Había entrado en el Okay -bueno, ahora lo llaman Las Barrakas- a por un bocadillo por almuerzo, que he dejado fiado, y con el nerviosismo no me percaté que estaba sentada en la barra mirándome como en los viejos tiempos. Fue suficiente, porque al llegar a la puerta todavía fosforecían sus ojos como dos posas escondidas, iluminadas de pronto por el sol que penetra la jungla.
Hacía tiempo que no la encontraba por aquí. Hubo unos años en que nuestros ojos se enredaban como los jilgueros y la maleza por la noche. A mí me divertía, desde el pálpito y el azoro, al recordarme el primer amor: seis o siete años de miradas solamente; hacia el final, la mía sola.
Cuando aparecía con su marido -un gitano renegrido y amigo de la cerveza- nuestras lianas visuales se elevaban al cielo, y éste nos recriminaba por ser tan inocentes. A veces coincindía con su marido en la barra del Okay, que por entonces se llamaba así. Llegaba sudoroso del trabajo, hablaba lo suyo y desaparecía. A ella un buen día dejé de verla, y me entregué a la divagación sobre la transitoriedad de la existencia. Seguía encontrándome con el gitano; nos saludábamos, hablábamos del tiempo y de la vida. Parecía, pese a su juventud, algo desmejorado, con ojeras, la mirada febril, el pelo graso.
Y, de repente, ella otra vez. Igual que siempre, sólo que con el pelo corto y con mechas. Qué manía tienen las mujeres con las mechas. La luz de sus ojos sigue siendo la misma, el óvalo dulce, los pómulos altos, la mirada penetrante.
Tendré que preguntarle la hora. Tendré que comentarle que nuestras sensaciones son efímeras. No lo haré, no. No quiero que se me apaguen sus ojos. No por nada: son tan bellos y refrescantes, que deben seguir fulgurando entre las acacias, los acantos, las palmeras, mis adorados y humildes dientes de león y jaramagos. Entre las campanillas violetas que se abrazan a los descampados de hierbas quemadas.
Hacía tiempo que no la encontraba por aquí. Hubo unos años en que nuestros ojos se enredaban como los jilgueros y la maleza por la noche. A mí me divertía, desde el pálpito y el azoro, al recordarme el primer amor: seis o siete años de miradas solamente; hacia el final, la mía sola.
Cuando aparecía con su marido -un gitano renegrido y amigo de la cerveza- nuestras lianas visuales se elevaban al cielo, y éste nos recriminaba por ser tan inocentes. A veces coincindía con su marido en la barra del Okay, que por entonces se llamaba así. Llegaba sudoroso del trabajo, hablaba lo suyo y desaparecía. A ella un buen día dejé de verla, y me entregué a la divagación sobre la transitoriedad de la existencia. Seguía encontrándome con el gitano; nos saludábamos, hablábamos del tiempo y de la vida. Parecía, pese a su juventud, algo desmejorado, con ojeras, la mirada febril, el pelo graso.
Y, de repente, ella otra vez. Igual que siempre, sólo que con el pelo corto y con mechas. Qué manía tienen las mujeres con las mechas. La luz de sus ojos sigue siendo la misma, el óvalo dulce, los pómulos altos, la mirada penetrante.
Tendré que preguntarle la hora. Tendré que comentarle que nuestras sensaciones son efímeras. No lo haré, no. No quiero que se me apaguen sus ojos. No por nada: son tan bellos y refrescantes, que deben seguir fulgurando entre las acacias, los acantos, las palmeras, mis adorados y humildes dientes de león y jaramagos. Entre las campanillas violetas que se abrazan a los descampados de hierbas quemadas.
lunes 6 de julio de 2009
En las ignotas tierras de la infancia, en este momento se está moliendo las hojas de las amapolas. Por los caminos ignotos, por las veredas de oro y juncos, en los campos sin límites. En la hoguera grande y sin embargo no amenazante, está subiendo la luna llena.
Llena de todo cuanto en nuestros rostros se ha vaciado.
Llena de todo cuanto en nuestros rostros se ha vaciado.
Entrevista radiofónica, por fortuna breve. Me pongo tan nervioso como cuando salgo a leer frente a un auditorio. Ya lo intentaron el lunes pasado; paseaba por la calle, me llamaron por teléfono y empecé a correr, pretextando una jornada de compromisos agotadores.
Por fortuna también, la entrevistadora no ha soltado el latiguillo habitual de "poeta canario afincado en Barcelona..." ¿Tanto importa de qué país es uno, apátrida y desarraigado ese uno? En cuanto a lo de "afincado"..., ¿dónde están mis torres, mis jardines; mis posesiones..., que no sean las nubes y sus moradas?
Qué agradable, la entrevistadora... Hay por allá -porque me llamaban de las Islas- todavía frescura, curiosidad, entusiasmo en el trabajo que realizan. Siempre lo he sentido así con los periodistas de Allá, pese a mis críticas sobre la prensa que se edita. El ejemplo de Y. A., de Las Palmas... Aquí sería inconcebible. No me imagino haciendo algo parecido a los del diario del señor conde, ni a los prepotentes del reclinatorio progresista.
Con independencia de estas observaciones y vanidades, entre el estado de mi trayectoria y la indiferencia, y el castigo que me han regalado por mis diarios..., mis libros se desinteresan cada vez más de cualquier fórmula de publicitación.
Por fortuna también, la entrevistadora no ha soltado el latiguillo habitual de "poeta canario afincado en Barcelona..." ¿Tanto importa de qué país es uno, apátrida y desarraigado ese uno? En cuanto a lo de "afincado"..., ¿dónde están mis torres, mis jardines; mis posesiones..., que no sean las nubes y sus moradas?
Qué agradable, la entrevistadora... Hay por allá -porque me llamaban de las Islas- todavía frescura, curiosidad, entusiasmo en el trabajo que realizan. Siempre lo he sentido así con los periodistas de Allá, pese a mis críticas sobre la prensa que se edita. El ejemplo de Y. A., de Las Palmas... Aquí sería inconcebible. No me imagino haciendo algo parecido a los del diario del señor conde, ni a los prepotentes del reclinatorio progresista.
Con independencia de estas observaciones y vanidades, entre el estado de mi trayectoria y la indiferencia, y el castigo que me han regalado por mis diarios..., mis libros se desinteresan cada vez más de cualquier fórmula de publicitación.
domingo 5 de julio de 2009
La leve luna sube sin creérselo por los celajes blancos en el cielo, plateando el borde del cirro que deja atrás, alejadas las penalidades de la tierra, y sobre el mar oscuro comienza la danza de sus reflejos, compás de tiempo y olvido.
Ha sido tanto el calor del día, que a la oscuridad le cuesta cerrarse sobre nosotros, y reverbera todavía en forma de resplandor callado. Como después de una herida. Como una sílaba que flota después de cerrarse los labios.
Pienso en la cal viva cuando arde, en su murmullo que serpea. En el color de lo muerto que todavía viene a nosotros.
Una ola se pierde en el infinito.
Ha sido tanto el calor del día, que a la oscuridad le cuesta cerrarse sobre nosotros, y reverbera todavía en forma de resplandor callado. Como después de una herida. Como una sílaba que flota después de cerrarse los labios.
Pienso en la cal viva cuando arde, en su murmullo que serpea. En el color de lo muerto que todavía viene a nosotros.
Una ola se pierde en el infinito.
sábado 4 de julio de 2009

Foto © JCC
Tres mujeres, a la espera del autobús, en la zona de la Colina, adonde he subido a por libros. Por los saludos y el tono se ve que coinciden a menudo en esta parada, a la salida del trabajo. Se quejan de lo duro que es ser mujer. No hay nadie más, y yo miro a los árboles, los arreboles de sol poniente en las fachadas, el cielo sin una sola nube. Son de mediana edad y algunos años. Una es cubana, la otra también hispana, la tercera del país. La cubana dice que la próxima vez se reencarnará en hombre. Por un momento me siento de esa especie y me avergüenzo. La hispana, con escote y flores, deja escapar una risita; apenas comienza un comentario: la del país habla más alto, llena de eses y zetas como cascabeles. Dice: "Pues yo, la verdad, no quiero reencarnaciones. Fin de camino, y punto." La cubana contrataca: "Maharajá... Yo quiero ser maharajá para que me abaniquen. O mejor, Maharajó." Me acuerdo que el otro día la princesa o reina R. de J. estaba de compras en mi otra zona, en la Plaza... Se ríen como crías, benditas sean, partidas de la faena de limpiar en casas y después de atender la suya propia, los hijos inútiles, el marido ausente. "Ni flor ni árbol ni perro ni nada que se le parezca. Cuando se acabe todo, al mar… “, sentencia la española. Yo me vuelvo de vez en cuando para que me den los aires; también buscando por dónde se asomará la luna. Ellas aceleran el ritmo, las ocurrencias. "¿Perro? ¿Y si no te sacan a pasear? ¿Y si te duelen los huesos y nadie te entiende?", se ha preguntado retóricamente la española detrás de sus gafas oscuras. Se me ha escapado a quién de ellas le ha tentado reencarnarse en perro. "Fin de camino, y punto, remata ella." Llega el autobús. Atravieso el norte de Barcelona, la mochila (otra vez cargada de libros...) en el suelo, junto a la compra. Voy de pie, mirando a las azoteas, el sol despidiéndose en los aleros.
viernes 3 de julio de 2009
¿Que se habían marchado, los vencejos? ¿Lo llegué a escribir, a la vuelta de las Islas? ¿O fue un pensamiento que dejé en el pozo? Pregunta tras pregunta como las ondas en su superficie. Pero de repente, como himno al sol naciente, toda la brisa es algarabía, silbido constante de alas y al fondo el estoico reclamo de la tórtola.
Bogamos, los ojos llenos. Ahí va la tórtola, o una perdiz gigante tomando olas de aire, en vaivén, con ligero empuje de la cola. La cabeza a pájaros.
Bogamos, los ojos llenos. Ahí va la tórtola, o una perdiz gigante tomando olas de aire, en vaivén, con ligero empuje de la cola. La cabeza a pájaros.
jueves 2 de julio de 2009

Memoria que nada germinas... Foto © JCC
Visitamos a H. R. Estaba sentado de espaldas a la pared, en el patio atestado de residentes y familiares. El sol le daba suavemente en una mejilla, tan delicada, como la piel de sus manos, de sus brazos. La voz era inaudible, y sentí que ella, la voz, también se olvida de sí misma y deja de ser. Aparte del proceso degenerativo, los reclusos viven sedados para que no provoquen problemas. Y viven mezclados, enfermos graves, enfermos violentos, gente mayor. Bromeamos con M. sobre que, con la voz tan baja -puro movimiento de los labios-, las chicas se agachaban para oírle la boca, su boquita de piñón, de niño pícaro y travieso. Sus ojos, tan dulces como siempre. Ha empeorado desde la ocasión anterior en que estuvimos con él. Renuente a caminar, las enfermeras lo llevaron directo a la habitación. Parecía que iba esquiando con el cuerpo echado hacia atrás. Esquiando sobre la memoria leventada. En su cuarto, sobre la mesilla que da al jardín de la entrada, un libro de García Lorca, otro de Girondo y el Pedro Páramo de Rulfo. En la repisa de la chimenea, fotos de familia y el cartel de una exposición en Sant Cugat, no sé si la última. Y una foto suya enmarcada, con una farola encendida. Nos despedimos hasta la próxima, y entramos en un bar que apestaba a tabaco y mugre. No había nadie. Cuando apareció el dueño, pensamos que se trataba de una prolongación de los más enfermos, de los que chillan detrás de altas ventanas. Se pierde la memoria, entra todo el agua, anega los lóbulos; el agua, que no tiene memoria. Resiste la infancia, dicen, los recuerdos de niñez. Finalmente todo se convierte en instante. Como querían aquellos chaladados que pregonaban vivir el presente. Menos que presente, el momento y, más tarde todavía, el desmenuzamiento, la abolición de la memoria, de cada segundo, de cada molécula o célula, el mero transcurrir de un paso a otro. Sus pasos rechazando el avance, sin ganas de tomar la cena, conducido sin más al cuarto y a aquellos libros que no podrá leer, eran como el rechazo inconsciente a adentrarse en la mar blanca, la tiniebla callada, la nada sin nada en la que nuestro amigo Humberto anda mojando los labios.
miércoles 1 de julio de 2009
Ahora le toca a la sófora florecer, nada más teñirse de ocre y bermellón de penitencia las hojas del sapindal, vainilla quemada el penacho de los aligustres, verde pasto de los hongos las copas de los plátanos.
Qué nombres, el de algunas especies. Como sucede en la ornitología. Como en parte sucede con las nubes, que son pocos sus nombres y además se funden: nimbo, estratocúmulo, cola de caballo.... Cuando en rigor hay nubes Luis XV, nubes Ofelia, nubes Millais y nubes Turner, y tizianescas y velazqueñas y giótticas..., y prehistóricas.
Observa uno todo esto, y se alegra de ya no hablar de los pelmas e impostores en las artes y las letras. Es curioso. Desde que no frecuento los círculos de la cultura viva, ni las librerías de novedades, han desaparecido los escozores, y la necesidad de propinarle a algunos el papirotazo. Vetos, desaires y ninguneos... Y la paz.
Lo cual no quita que esta mañana, a la salida de los Encantes, con el sol lamiéndome la frente, mascullara de forma audible "hijos de p", pasándome por la mente las caras de aquellos que me la tienen prometida y con todo me sonríen en los encuentros inevitables.
Uno mira, y lo prefiere, a las damas de ciertad edad con sus faldas ibicencas cuando les da el trasluz en las esquinas. Qué ilusión ponen, las damas, en esos juegos de trasparencias y muslos calcinados entrevistos. Uno las mira para aplaudirles, aunque aborrezca los cortes y tejidos ibicencos.
De las más jóvenes mejor ni una insinuación, después de ir detrás de una pandilla de adolescentes camino de la piscina, sin faldas apenas, los tobillos al aire y no sé cuántas más cosas. Iba sin querer; quiero decir, que por mucho que apretara el paso o lo relajara, la pandilla se mantenía delante de mí. Y todos los viejos verdes del barrio, luego de repasarlas, me lanzaban miradas de moralidad.
A mí lo que me gusta es la cajera de piel de azabache y grandes ojos de gacela asustada, que me saluda, me trata de señor y me coloca la compra en la bolsa de plástico ecológico. Y la rubia de la otra caja, que lleva años sentada en este nuevo sistema de galeras. Entró morena y lozana, y después de que contrajera matrimonio se le ha amarilleado no sólo el pelo, ya enfermizo, sino el contorno de los ojos y aquellos pómulos que fueron altaneros.
En esto me fijo. Y descubro a la mendiga de pelo de plata recogido en moño bajo reponiéndose del aire hirviente junto a un parterre. Ayer la vi por la Diagonal. No sé qué se puso el domingo que la descubrí, cuando les pedía limosna a los cristianos que salían de su templo en esta plaza. Hoy me ha aparecido más estropeada, menos nórdica de aspecto, menos elegante. Como las flores que he comprado en la esquina, que en cuanto han salido del cubo de refresco se me han echado al cuello sofocadas, implorándome que nunca permita que se agosten.
Qué nombres, el de algunas especies. Como sucede en la ornitología. Como en parte sucede con las nubes, que son pocos sus nombres y además se funden: nimbo, estratocúmulo, cola de caballo.... Cuando en rigor hay nubes Luis XV, nubes Ofelia, nubes Millais y nubes Turner, y tizianescas y velazqueñas y giótticas..., y prehistóricas.
Observa uno todo esto, y se alegra de ya no hablar de los pelmas e impostores en las artes y las letras. Es curioso. Desde que no frecuento los círculos de la cultura viva, ni las librerías de novedades, han desaparecido los escozores, y la necesidad de propinarle a algunos el papirotazo. Vetos, desaires y ninguneos... Y la paz.
Lo cual no quita que esta mañana, a la salida de los Encantes, con el sol lamiéndome la frente, mascullara de forma audible "hijos de p", pasándome por la mente las caras de aquellos que me la tienen prometida y con todo me sonríen en los encuentros inevitables.
Uno mira, y lo prefiere, a las damas de ciertad edad con sus faldas ibicencas cuando les da el trasluz en las esquinas. Qué ilusión ponen, las damas, en esos juegos de trasparencias y muslos calcinados entrevistos. Uno las mira para aplaudirles, aunque aborrezca los cortes y tejidos ibicencos.
De las más jóvenes mejor ni una insinuación, después de ir detrás de una pandilla de adolescentes camino de la piscina, sin faldas apenas, los tobillos al aire y no sé cuántas más cosas. Iba sin querer; quiero decir, que por mucho que apretara el paso o lo relajara, la pandilla se mantenía delante de mí. Y todos los viejos verdes del barrio, luego de repasarlas, me lanzaban miradas de moralidad.
A mí lo que me gusta es la cajera de piel de azabache y grandes ojos de gacela asustada, que me saluda, me trata de señor y me coloca la compra en la bolsa de plástico ecológico. Y la rubia de la otra caja, que lleva años sentada en este nuevo sistema de galeras. Entró morena y lozana, y después de que contrajera matrimonio se le ha amarilleado no sólo el pelo, ya enfermizo, sino el contorno de los ojos y aquellos pómulos que fueron altaneros.
En esto me fijo. Y descubro a la mendiga de pelo de plata recogido en moño bajo reponiéndose del aire hirviente junto a un parterre. Ayer la vi por la Diagonal. No sé qué se puso el domingo que la descubrí, cuando les pedía limosna a los cristianos que salían de su templo en esta plaza. Hoy me ha aparecido más estropeada, menos nórdica de aspecto, menos elegante. Como las flores que he comprado en la esquina, que en cuanto han salido del cubo de refresco se me han echado al cuello sofocadas, implorándome que nunca permita que se agosten.
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